Daniel contra Goliat


EL CAMINO.

El horizonte te lo imaginas. Cuesta levantar la cabeza. Miras el camino empedrado, lleno de guijarros puntiagudos, lleno de mentiras. Una senda tortuosa que no lleva a ninguna parte, oscura, hipócrita y traicionera. Un camino solitario la mayor parte de veces, por el que cuesta arrastrar el equipaje, que tienes que echarte a la espalda si no quieres que se raje y desparrame, convertido en jirones de recuerdos. Un camino acechado por las bestias. Puedes sentir su olor en todo momento, la envidia, la codicia o el miedo pueden arrancarte todo lo que eres de un zarpazo.
Un paso y otro paso, y otro más. Lentamente. Con pies callosos y sangrantes. Sangre que será la única marca que quede en el camino cuando no estés, cuando estés lejos. El camino pesa, el camino duele, y parece que no te lleve a ninguna parte.
Pero sigues andando porque lo sabes… o lo intuyes.
Entre las malas hiervas. Entre las sombras y las ásperas rocas. Entre todas esas cosas que hacen que el camino sea cada vez más difícil, a veces, y hay que estar atento para no dejarlo pasar, aparece una flor.
Y entonces todo desaparece. Todo menos la flor, con sus colores, iluminando el camino, iluminando tu rostro cansado. Te acercas. Clavas las rodillas en el doloroso empedrado, y la observas, segundos, minutos, horas o días. Y sabes que el tormentoso camino que has hecho hasta esa flor ha merecido la pena. Sólo por verla. Sólo por poder protegerla del viento o la lluvia con tus manos. Por poder mirarla, desde la distancia a veces, y asegurarte de que crece fuera de peligro. Bajo tu silenciosa protección.
Un día se marchita. O despiertas y no está. O debes partir. Marchas de nuevo por el duro camino, con el equipaje más pesado que nunca, con los pies destrozados, pero con una flor en el corazón que te acompañará por siempre.





DANIEL CONTRA GOLIAT.

Hoy me han convocado a un curso de, atención: "Ultrasonidos y corrientes inducidas. Ensayos de calidad sin rotura"... tan apasionante como suena. No tenía malditas ganas de hacerlo.
Pues bien. He alzado la voz. Me he levantado haciendo tintinear mis grilletes, henchido de valor cual espartano en las Termópilas, como un coloso enfurecido, enérgico como un rayo, y he dicho en voz alta y clara "¿podéis quitar la calefacción?... me estoy achicharrando..." Así, con un par...
Y la han quitado... sin rechistar. O rechistando poco y por lo bajini...
Podrán convertirme en un borrego productivo, o coartar mi libertad mentando mi hipoteca, o incluso robarme la libertad... nunca podré vencer al gigante capitalista... pero podré hacerle pasar frío..


GUSANOS


Erase una vez una manzana podrida, en el suelo, debajo de un árbol, donde habitaban un montón de gusanos. Un día apareció un gusano gordo y feo, que apenas sabía arrastrarse. Todos los gusanos se reían de él, por allí por donde pasaba era motivo de mofa.
El gusano gordo, un día, deprimido, se puso a llorar delante de todos, mientras le insultaban... y de repente, le salieron alas... Unas alas enormes y de muchos colores. Todos los gusanos se quedaron boquiabiertos, ahora todos querían ser sus amigos. Y el gusano gordo les dijo:

-¿Queréis que os de una vuelta volando?

Los gusanos contestaron que sí casi al unísono, y la, ahora, preciosa mariposa les dijo:

-Pues os jodéis, cabrones... – Y echó a volar.

El gusano más veterano de la manzana habló:

-Hoy hemos aprendido tres cosas: Primero... Si eres un gusano nunca te puedes reír de nadie. Segundo... Las cosas nunca son lo que parecen, excepto un gusano. Y tercero y último... ser un gusano es una puta mierda.


Los hombretones que lloran.


He visto bastantes personas jubilarse. Pero mis preferidos son los tipos de mantenimiento. Esos hombretones uniformados que se tumban a trabajar sobre un charco de grasa, mientras los demás se rascan la cabeza. Que van hasta el cogote de mierda, y lo lucen con orgullo, porque saben que toda esa suciedad, es una muestra de lo mucho que han trabajado. Los que se inventan un sinfín de palabras, para no llamar a las cosas por su nombre. Los que dicen, en tono melancólico, que obligarán a sus hijos a estudiar, para que no acaben como ellos. Esos hombretones, cuando se jubilan, lloran. Lloran de nostalgia, de tantos años en la brecha. Lloran porque podía haber sido mejor, pero también porque podía haber sido peor. Lloran porque algo se acaba, y porque algo empieza. Lloran de gratitud, cuando ven a más gente de la que esperaban, en su último día en la empresa. Tanto ellos como su trabajo son de pasar desapercibidos, y de hacerse notar sólo cuando faltan.

Así que hoy, ni políticos, ni médicos, ni bomberos, rompo una lanza a favor de la gente de mantenimiento: sin ellos, absolutamente NADA funcionaría.

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