BRIZNA


Un monstruo de empresa energética me pidió, hace tiempo, un proyecto para hacer un cómic sobre el calentamiento climático y el medio ambiente, así que me puse a barruntar una historia. Está feo que yo lo diga, pero me quedó un proyecto chulo con duendes, niños, adolescentes y de todo. Pero como casi todas las oportunidades interesantes, acabó en nada, y después de un tiempo me he decidido a rescatarlo y probar suerte en un concurso de cómic. Ojalá no quede en nada.

40 años, la princesa y el dragón.


¿Qué se siente con 40 años? Es la frase que más he escuchado hoy. No puedo explicarlo en dos palabras, así que si de verdad quieres saberlo, tendrás que leer el texto entero.

Sé que no soy joven. Hace una década que lo sé, y en eso he sido precoz y me alegro. Sé que he estado persiguiendo dragones que no existen, y buscando princesas que sólo aparecen en los cuentos de caballería, y mejor que se queden ahí.

Hoy descanso al lado de mi princesa. Sí, sé que dije que no existían, pero me refería a esas princesas pijas e indefensas de los cuentos. A las ricas herederas de un reino de familia noble que buscan un valeroso caballero que las rescate de un Ogro, una madrastra malvada o una hipoteca maldita. La mía es de familia humilde, como yo, y podemos hacer el idiota, bailar, comer con las manos y hasta tirarnos pedos uno delante del otro. Y no pasa nada. Y nos reímos juntos. Y lloramos juntos. Y nos equivocamos juntos. Al lado de mi princesa, las de los cuentos son como una infecta bolsa de basura llena de ratas muertas, putrefactas y agusanadas y ropa de bebé rosa.

Hoy descanso, pero mañana, como cada día, montaré en mi viejo caballo enfundado en mi oxidada armadura que desprende herrumbre a cada movimiento. Yo me giraré y miraré orgulloso a mi princesa, ella me despedirá con un “hasta la noche” y yo arrancaré a galopar con un “no trabajes mucho”, sin la esperanza de que me haga caso. Y galoparé detrás de un dragón invisible, mientras caballeros más jóvenes, talentosos y capaces me adelantan. Y yo sonreiré bajo la visera de mi destartalado yelmo, porque sé qué mueve sus espíritus y cuán emocionante es todo con la vitalidad de un mozo. Y desearé que encuentren su dragón y su princesa. Hasta les ayudaría si pudiese alcanzarles.

Cabalgaré hasta que la armadura se caiga a trozos, o mi caballo se canse de mí y quiera pastar tranquilo en el prado. Cabalgaré detrás del dragón que no existe, porque a fin de cuentas, cabalgar es lo divertido, aunque uno acabe con dolor de huesos cada noche, del maldito traqueteo.


Y si me equivoco, y un día, por los azares de la vida, encuentro al dragón, él me mirará cansado y con arrugas alrededor de los ojos que hace tiempo dejaron de chisporrotear con furia, y me dirá: “Te esperaba hace tiempo, ya no tengo ganas de luchar”, le contestaré: “Ni ganas ni fuerzas tengo yo, dragón, pero disfruté persiguiéndote”.